jueves, 18 de octubre de 2012

El cuento del Mono.

Tristan tomo posición junto a la ventana otra vez, encendió su cigarro y el humo de este se arremolino a su alrededor envolviéndole en una nube de de color gris. Empezó a narrar tranquilo contando aquella historia que nadie sabia de donde podía salir.

Mono Sentado:

No muy lejos de la imaginación, cerca de las praderas de la locura, donde las pequeñas ranas croan en la charca de la armonía, en la selva de arboles con frutos de golosinas,  habitaba un pequeño mono.

El mono era del color de ron añejo y sus ojos siempre estaban entrecerrados y solo son abría para contemplar las noches de Luna llena y a sus hermanas las estrellas.

Adoraba estar al Sol y que este acariciara su pelaje, se le asemejaba a la sensación que debía tener un bebe al contacto del cálido pecho de una madre. Así era para el pues dejaba que el Sol penetrase por su espeso pelaje y se colase en sus entrañas bañándolo de calidez.

Un día nuestro no muy intrépido amigo, caminaba a prisa por la selva cuando sus ojos se pararon a contemplar un árbol de hojas color atardecer con las ramas acariciándose unas con otras. Le pareció tan fascinante el juego sensual de el contacto de las ramas que crecían en aquel árbol inerte, que no puedo resistir el impulso de sentarse en el nacimiento de estas.

Y desde ese momento cuando pasas por la selva de la Paz, hallas a Mono Sentado, pues así lo llamaron las estrellas.


                                                                                                                                Para Lusimi

miércoles, 23 de mayo de 2012

Su nombre Tristan.


Volvio a tomar asiento en el lugar de siempre, no se si esque le inspiraba ese comodo sofa o simplemente lo hacía por costumbre. Tenía esa pose de abuelo burges, con la copa de coñac en una mano y el puro en la otra. Su mirada aguada por el tiempo y sumergida en un mar de arrugas que le daban ese aire aristocrata de un señor mayor. Las gafas se le escurian por el puente de su nariz que para ser de hombre siempre fue muy redonda. Y sus labios de los cuales brotaban millones de historias cada día, con los ojos sumergidos en la claridad de la tarde que entraba por la ventana.

Su nombre era Tristan y lo que más adoraba en la vida era contar cuentos para niños y adultos. Algunos sonrojaban las mejillas, otros te portaban a la melancolía, te hacían reir, llorar, tenian erotismo, tenian picardía, pero sobre todo tenian el amor de alguien que los adoraba, que los acariciaba suavemente con su lengua y sus labios.