miércoles, 23 de mayo de 2012
Su nombre Tristan.
Volvio a tomar asiento en el lugar de siempre, no se si esque le inspiraba ese comodo sofa o simplemente lo hacía por costumbre. Tenía esa pose de abuelo burges, con la copa de coñac en una mano y el puro en la otra. Su mirada aguada por el tiempo y sumergida en un mar de arrugas que le daban ese aire aristocrata de un señor mayor. Las gafas se le escurian por el puente de su nariz que para ser de hombre siempre fue muy redonda. Y sus labios de los cuales brotaban millones de historias cada día, con los ojos sumergidos en la claridad de la tarde que entraba por la ventana.
Su nombre era Tristan y lo que más adoraba en la vida era contar cuentos para niños y adultos. Algunos sonrojaban las mejillas, otros te portaban a la melancolía, te hacían reir, llorar, tenian erotismo, tenian picardía, pero sobre todo tenian el amor de alguien que los adoraba, que los acariciaba suavemente con su lengua y sus labios.
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